Del callejón sin salida y de otras suertes

Escrito por Redacción el . Publicado en Opinión

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foto_orlando_1_400x400Autor: Orlando Villalobos

Fecha de Publicación: 11-04-18

Esta guerra de baja intensidad, desatada para triturar y acabar con la
idea de lo colectivo y comunitario, incluso de lo familiar, y de paso
borrar y erradicar al proyecto político bolivariano, se materializa a
veces por vía directa, mediante acciones violentas programadas y
ejecutadas, y por vía indirecta, mediante las pulsiones anómicas que
naturalizan el desmantelamiento de normas, formas, costumbres y
tradiciones.

Se busca arrasar con todo y algo de eso estamos viendo y padeciendo en
estos tiempos.

Si los que se creen dueños de todo, y del país, no pueden dominar
formalmente porque ganan las elecciones, recurren a la vía de facto y
a la desestabilización social y política.

Son obvias las acciones directas de la violencia pagada y financiada,
por grupos paramilitares made in Colombia y por mafias locales, que
controlan el tráfico de drogas y de personas, el dinero físico, y la
venta y compra de medicinas y alimentos, el sometimiento de las
emociones, y de todo lo que pueda ser convertido en mercancía.

Corren libremente las tendencias anómicas y desarticuladoras.

En lugares públicos si hay desechos se lanzan más, se hurtan, roban y
sabotean los cables de electricidad y de teléfono; se atacan
semáforos, las escuelas son blanco fácil y desprotegido para la
delincuencia… los límites se confunden y eliminan.

Es el capitalismo salvaje en vivo y directo, aparentemente incontenible.

Todo esto favorecido desde la complicidad y la indolencia del Estado.

En Maracaibo por meses se dejó que se inundara de desechos orgánicos
y sólidos, que el fenómeno violento de las guarimbas destruyera el
patrimonio de la ciudad, como si nada importara.

Lo que ocurre con los cuerpos policiales y militares es un capítulo aparte.

Es público, notorio y dramático que en lugar de ayudarnos y
protegernos van en contra de lo ciudadano, en la medida que se juntan
con el delito, lo protegen y viven de sus pagos y dádivas.

En la ciudad no hay policías suficientes, ni las policías tienen
recursos –vehículos, helicópteros, armas, salario justo y digno- para
cumplir sus labores, porque eso forma parte de un plan privatizador.

El que tiene una empresa le paga “vacuna” a los grupos parapoliciales
y a los propios policías.

Los militares están pero no para lo que deben estar.

Por las alcabalas pasan toneladas de productos venezolanos para
Colombia y Curazao.

Quién no lo sabe.

Las policías son desmanteladas para de manera simultánea privatizar la
seguridad.

¿Quieres seguridad?

Entonces paga seguros, ”vacunas”, cierra tu calle, ponle rejas a tu
patio y a tu casa, privatízate, aíslate, aléjate de tus vecinos y de
tu comunidad.

Esta lucha desigual se libra en calles, avenidas y esquinas, pero
principalmente en nuestras casas y en la comunidad. Allí lo ganamos y
lo perdemos todo.

Los robos y ataques a las escuelas, a los escasos espacios públicos
como plazas y parques, la siembra del micro tráfico de drogas, la
conquista de adolescentes y jóvenes para redes de prostitución y
droga, lo ejecuta la mano fría, despiadada y cruel de malandros y
delincuentes que actúan en el barrio a sus anchas, con la complicidad
de la policía, que de vez en cuando pasa a recoger su tajada, pero
sobre todo una comunidad que no valida ese concepto de poner asuntos
en común; una comunidad en la que cada quien busca encerrase en el
supuesto “bienestar” de su casa y en la representación de la realidad
que recibe por vía de las pantallas –celular, tableta, computadora,
televisión-.

El tejido comunitario se deshace y deja el camino despejado para las
redes perversas.

Las formas dejaron de tener valor y en lugar de ciudadanía tenemos ese
discurso de la sobrevivencia, que lo identificamos no tanto por lo que
se dice, sino por gestos y acciones desciudadanas e inhumanas.

A veces las palabras políticamente correctas ocultan las intenciones
colonizadoras y depredadoras.

Las consecuencias de la anomia y de la desarticulación de lo ciudadano
están a la vista.

Golpean lo material pero esencialmente buscan dejar sin arraigo la
conciencia, para dar paso a la desmoralización y al discurso del
callejón sin salida.

Las frases que se repiten lo registran. Todo se vale. Nada importa.

Como vaya viniendo vamos viendo. Suerte te dé Dios que el saber nada te vale.

Este es el asunto crucial porque tarde o temprano se pueden comprar
los semáforos que hacen falta, invertir para tener una mejor
electricidad, o quizás podamos volver a tener cables para que nos
llegue Internet directamente a nuestras casas, pero lo jodido está en
recuperar el saber ciudadano, que sabe de convivencia, la confianza en
el otro y la solidaridad.

Es sin duda la parte más complicada de esta ecuación.

No es tarea fácil la que tenemos por delante.

Hay que trabajar desde donde estamos: la casa, la escuela, el trabajo,
el consejo comunal, una institución de gobierno.

En fin. Las políticas desde el gobierno bolivariano son
indispensables, las benditas políticas públicas, que uno espera que
merezcan ese nombre. Pero lo fundamental está en la organización
popular y colectiva, en la comunidad, para resistir, oponernos a este
neoliberalismo que se traduce en frases trilladas, y para pensar con
cabeza propia y movernos con agenda propia.

No la que nos dicen los medios, no el rumor o la noticia falsa que
dicen las redes digitales, sino la que se mueve con nosotros y se
construye con nuestras manos.
Falta mucho camino por recorrer.

Falta más organización popular para que la idea del poder popular que
actúa, siembra, cosecha, produce y hace contraloría social se concrete
y no sea una consigna de ocasión.

Es urgente apoyarse en nuevos saberes y prácticas renovadas para
empezar a superar el clientelismo; el “papá Estado” que todo lo da y
nada pide a cambio; es urgente una ética revolucionaria que permita
combatir la corrupción y el burocratismo.

Necesitamos más consejos comunales, comunas y CLAPS, no para esperar
beneficios del gobierno, sino para buscar y construir soluciones desde
la propia comunidad y desde nosotros mismos.

Necesitamos que los CLAPS no sean solo los lugares a los que vamos a
buscar un beneficio, sino que sean espacios de reunión, conversación y
tareas y trabajos compartidos.

Necesitamos más espíritus críticos y menos adulantes. Solo así podemos
ir creando el tejido social solidario y regenerador que nos hace
falta, para renovar la esperanza del presente y del futuro.

Nadie lo hará por nosotros.

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Redacción

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