¡El hombre de La Candelaria!

Escrito por admin el . Publicado en Opinión

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Dorado CAutor: Carlos Dorado

Fecha de Publicaciòn: 25-10-15

Cuando voy a mi trabajo, subo por la Avenida Urdaneta, y justo en la isla que está en la esquina de la plaza La Candelaria, hay un hombre como de unos 65 años, con un medio bigote (se dejó crecer sólo la parte izquierda del mismo), con el pelo totalmente blanco. Este hombre, hace girar dos ruedas plásticas circulares de color.
En los momentos estelares de su actuación, hace circular una en el brazo, y la otra en la pierna derecha, levantándola lo más que puede. Otras veces, como tomando un segundo aire, utiliza al igual que los niños, una sola rueda en la cintura, dándole vueltas a su cadera para hacerla girar.

Nunca he visto a nadie que le haya dado dinero por su actuación, pese a que serán más de diez años que lo observo en el mismo sitio, con la misma rutina, al igual que cientos de miles de personas que lo ven indiferentes al pasar. Ni siquiera sé, si el recibir dinero está dentro de su estrategia de vida.

Él está, y sigue ahí todos los días, con esa cara de serio, viéndolo todo y no viendo nada. ¡Algo así como que te mira, pero no te ve!

Para mí (me imagino que también para otros muchos), después de tantos años, ya forma parte de la arquitectura urbana de esa esquina; y mientras el semáforo me lo permite, siempre me quedo viéndolo, y pensando en qué pensará el hombre de La Candelaria.

¿Cuántas vidas habrán pasado a su lado, mientras él pasa su vida?

Debo confesar, que estos personajes atípicos me llaman mucho la atención, sobre todo porque somos muy superficiales evaluándolos; y mucho más ligeros al juzgarlos. Nuestras vidas, en estos tiempos que corren, nos han llevado a un pragmatismo enfermizo, donde invertimos nuestro tiempo, única y exclusivamente en aquello que consideramos que nos produce resultados concretos y rápidos; sin darnos cuenta de que en la vida, tan importante como los resultados, son los procesos. Pretender únicamente disfrutar de la victoria, sin haber estado apasionado por la preparación y la carrera, es simplemente una victoria muy pírrica.

La velocidad con que vivimos, nos impide en la mayoría de los casos ver y disfrutar el paisaje, y sólo nos motiva el deseo de llegar a donde supuestamente debemos llegar, asemejándonos a esos carruseles infantiles, que dan vueltas y vueltas, sin llegar nunca a ningún lado.

Estamos más preocupados por la velocidad que por la dirección. Ya no tenemos tiempo de leer la noticia, nos conformamos con el titular. Un buen artículo, lo sustituimos por una frase de twitter que leemos en segundos; y la cual seguramente más que formarnos, está deformando a alguien, disfrazado de información.

En nuestro email recibimos información continua, que leemos hasta la segunda línea; y a veces hasta la transmitimos sin haberla casi leído; tal vez porque es lo que intuimos que queremos leer y transmitir.

Estamos llegando a un extremo, en el que no conocemos lo que realmente debemos conocer, preocupándonos por lo que supuestamente le sucede a todos, olvidándonos de analizar lo que nos sucede a nosotros.

¡Estamos siendo nuestro principal enemigo!

Hace mucho tiempo, que al llegar a esa esquina, lo observo, y me pregunto: ¿Quién tendrá razón en la vida?, y siempre viene a mi mente la frase que mi madre solía decirme: “Carlos, vi tantas liebres correr sin sentido en la vida, que aprendí a ser tortuga para apreciar el recorrido”.

A veces me provoca bajar el vidrio y hacerle algunas preguntas; pero me atemoriza pensar, que la respuesta del hombre de La Candelaria, sea muchísima mejor que mi pregunta.

 

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