Perversiones salariales

Escrito por Redacción el . Publicado en Opinión

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Carola ChávezAutor: Carola Chávez

Fecha de Publicación: 29-08-18

Hace poco, la señora que trabaja limpiando la terraza de la panadería, me atajó para pedirme, por favor, que si podía regalarle un pedacito del pan que yo acababa de comprar, porque su niña, quien estaba sentada allá en una mesa, no había desayunado y ella no tenía nada que darle. En ese ratico que estuve esperando para pagar, el dueño de la panadería había facturado, con un par de ventas, el salario de esa señora. Salario mínimo y punto, ni un pedacito de pan.

Otro día, en el supermercado, un señor increpó a una cajera: “Mijita, deja esa carota, que estás atendiendo al público”. La muchacha, sin quitar la cara de cañón, le contestó: “es que no he almorzado y me faltan todavía tres horas para que sean las cinco y me pueda ir a mi casa a comer”. ¿Aquí no te dan almuerzo? -le pregunté-. La respuesta fue un no indignado. No solo no les dan almuerzo, tampoco cestatickets. Lo que les dan es un crédito para que compren alimentos ahí, en ese mismo supermercado, el más caro de todos.

Un muchacho que cuida la casa de unos doctores en Margarita, recibe la caja de Clap que llega a nombre de sus jefes. Cuando se hizo el censo, la casa estaba ocupada por sus dueños y desde entonces allí llega el beneficio. Resulta que los dueños se fueron demasiado y dejaron a este muchacho cuidando la casa a cambio, no de un sueldo, sino de techo y la caja del Clap.

Un minimarket, el negocio de moda, dejó de ser mini en pocos meses y se convirtió en súper. El negocio va viento en popa en esta lucrativa crisis. Afuera, junto a la última camionetota del dueño del ex minimarket, un trabajador lavándole los cauchos, puliéndole los detalles cromados… Ta’ barato, dame dos. Con tan solo un kilo de queso, de los cientos que vende, entre cientos de otros productos, el dueño de la camionetota pagaba el salario un trabajador.

Un sistema de esclavitud que impusieron mientras nos restregaban sin pudor su ostentación en la cara. Desplumando al cliente, que nunca tiene la razón, y al trabajador que no tiene ni voz ni voto. Y ahora vienen llorosos a contarnos que pobrecitos ellos, que no les va a alcanzar; a nosotros, que somos expertos en que no nos alcance. Ellos que no han tenido ni un poquito de piedad, ahora quieran que renunciemos a nuestro derecho a poder comer para que ellos se sigan llenando. ¡Sí, Luis!

Carola Chávez
@Tongorocho

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