¿Por qué yo no podría votar por el chavismo?

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Sumito Estévez, chef venezolano, posa para la Revista Todo en Domingo, a propósito de la 10 entregas de  Sumo Domingo, columna donde dará sus consejos culinarios. Todo en Domingo, 15-10-2006. Número 365. (David Maris / Revista Todo en Domingo)

AUTOR: Sumito Estevez

Fecha de Publicaciòn: 26-08-15

1983 es el año en que me gradué de bachiller. También fue el año en que mi papá tuvo el accidente. Pero antes de contarles sobre aquello que mantuvo a mi padre hospitalizado durante casi dos años, uno de ellos sin poder moverse de la cama, y antes de contarles que yo estudié Física y luego me hice cocinero, déjenme empezar por contarles quién es quién en mi familia.

Mi padre es hijo de María Laprea y de Aquiles Nazoa, el poeta. La historia sobre por qué él es Nazoa y mi padre es Estévez es larga de contar, así que mejor la dejamos para otro día. Lo importante acá es que mi abuela es de San Fernando de Apure y mi abuelo de El Guarataro, en Caracas. Es decir: yo no tengo abuelos paternos adinerados que le dejaran herencia o negocios a mi padre. Todo lo contrario: cuando mi abuelo murió ni siquiera tenía casa propia. La casa que tiene mi abuela, que sí es propia, se la regalaron gracias a una vaca que hicieron los artistas amigos de mi abuelo cuando murió, para ayudarla.

Yo tengo un tío famoso. Se llama Claudio Nazoa. Jamás ha vivido fuera de Caracas y le conozco sólo cuatro direcciones: Casalta, Caricuao, La Pastora y ahora la casa de mi abuela. Es decir, toda mi familia paterna es del oeste de Caracas y sólo han vivido allí.

Mi madre es de la India y, casualmente, también es hija de un escritor. De un escritor comunista, como lo era también mi abuelo Papaquiles, que es como yo le decía cuando era niño. A mi abuelo de la India le decía “darlli”, que es algo así como abuelo, según mi mamá, que es quien sabe hablar como hablan allá. La familia de mi mamá tampoco es de dinero: por lo visto eso de ser escritor es mal negocio. Tampoco a mi mamá le dejaron herencia o alguna propiedad.

La primera (y única) casa de mi mamá la compró cuando yo tenía 15 años. Allí vive todavía. Hasta que yo tuve quince años, mi mamá vivía alquilada.

La primera (y única) casa de mi papá, la construyó cuando yo tenía 18 años. Allí vive todavía. Hasta que yo tuve dieciocho años, mi papá vivía alquilado.

II

Mi mamá y papá se conocieron en la Unión Soviética, porque allí ambos estudiaron sus carreras universitarias. Mi papá es Físico y mi mamá es Filóloga. Por las fotografías, se ve que fueron muy felices durante esos seis años en Moscú. Y, claro, eran comunistas. Cuando terminaron sus carreras, se vinieron a Venezuela y toda su vida profesional transcurrió dando clases en la Universidad de los Andes, hasta que se jubilaron. Mi mamá y mi papá son docentes jubilados. Ambos le dieron todo su esfuerzo a este país. Sólo a este país. Su meta fue formar nuevas generaciones y lo lograron.

Tengo dos hermanos y una hermana. Para no hacer esta historia muy larga, permítanme contarles sólo una pequeña historia de mi hermana. Fue chelista muchos años porque la formó ese gran proyecto que es el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles. Eso fue por allá en el año 1983, o quizás antes. Ella es la única que estudió en una universidad privada, pero lo hizo porque allí estaba la carrera que quería y lo logró porqué el gobierno le dio un crédito. FundaAyacucho se llamaban esos créditos. Y aunque casi todo el mundo los usaba para estudiar en el exterior, ella quiso quedarse. La beca la consiguió solita, sin pedirle ayuda a mi papá ni usar palanca. Mi hermana es tan inteligente que sacó 20 en la carrera y FundaAyacucho la premió condonándole toda la beca.

Ahora volvamos a 1983, cuando mi papá tuvo el accidente y yo me graduaba en el Liceo Libertador de Mérida. El accidente de tránsito de mi papá fue un espanto: pasó un año en cama y otro año hospitalizado en rehabilitación. Durante esos dos años su hogar fue el Hospital Pérez Carreño, en Caracas. Por suerte estaba casi al lado de la casa de mi abuela. Mientras mi papá estaba hospitalizado, yo entré a estudiar Física en Mérida y pronto conseguí un salario como preparador. Tenía 18 años y empecé a vivir con Patri, mi ex esposa, en un anexo de 10 metros por 3 que era como una mansión para nosotros. Patri también trabajaba. Los dos ganábamos sueldo mínimo. Al igual que mi mamá, mi papá, mis abuelos y yo, Patri es eso que llaman de izquierda. Patri es colombiana, pero llegó muy chiquita. Su papá era obrero textil.

¡Y casi me olvido de Misael! Misael es como mi hermano, pero no es mi hermano. Mejor dicho: es como hijo de mi papá pero no es su hijo. Mi papá lo conoció hace poco más de treinta años en una feria de ciencias en el liceo que hay en Bailadores, una población campesina de Mérida. Misael es hijo de campesinos. Recuerdo perfectamente que cargaban un camión con verduras y se iban por carretera a venderlo a todos los rincones de este país. Misael terminó estudiando Física como mi papá y como yo. Luego se fue becado para ir a Alemania y a España. Hoy trabaja como profesor en la Universidad de los Andes. Misael es de las personas más geniales que conozco. Su obsesión ha sido inventar y construir aparatos que ayuden a las personas que han perdido movilidad. Saco cuentas y Misael debe estar por jubilarse. Nunca se lo he preguntado, pero probablemente Misael también es de izquierda. Tiene pinta.

III

Mi familia nunca supo hacer dinero y ninguno hizo negocio. De todos, el único que medio salió así fui yo. Hago negocios, pero eso sí: al igual que todos los que me han antecedido, no me han dejado ni herencia ni propiedades. Y vivo en mi casa, la única que tengo.

Pertenezco a una familia a la que le desesperaba ver pobres por un lado y corruptos por el otro. Lo que es peor: sentíamos que era un ciclo sin fin. Nos formaron para querer luchar contra las desigualdades. Nos formaron para entender que socialismo no es una utopía sino una posibilidad de un mundo más justo. Vivíamos en un mundo muy injusto. Venezuela era muy injusta.

Y todos votamos por Chávez.

No lo digo a modo de confesión ni de mea culpa. Chávez no ganó porque le regalaran la elección: ganó porque representaba la esperanza de una Venezuela menos desigual. Pero tampoco es que Chávez ganó en 1998 en una Venezuela destruida.

No.

En esa Venezuela que encontró Chávez a mi padre lo salvaron y cuidaron en un hospital público. Nunca pagó un centavo.

En esa Venezuela que encontró Chávez el presidente era enemigo ideológico de mi abuelo y, aun así, el Estado le pagó el entierro.

En esa Venezuela que encontró Chávez los hijos de Raúl Estévez y Anusuya Singh, es decir: mis hermanos y yo, estudiamos en colegios públicos toda la vida. Mis padres nunca pagaron un centavo.

En esa Venezuela que encontró Chávez mi hermana aprendió a tocar cello en un sistema público y luego fue becada por el gobierno para ser psicopedagoga.

En esa Venezuela que encontró Chávez el hijo de un campesino terminó siendo profesor de Física en la universidad, mientras su padre vendía sus verduras por las carreteras asfaltadas del país.

En esa Venezuela que encontró Chávez, mi abuela, esposa de poeta, mis padres, hijos de poetas, y mis tíos, hijos de poeta, pudieron comprar casa propia.

En esa Venezuela que encontró Chávez, Patri y yo pudimos vivir solos con el sueldo mínimo de ambos. Y, de paso, con el tiempo comprarnos un Fiat Tucán usadísimo.

Y es válido que ustedes se pregunten a estas alturas: “¿Y entonces? Si todo era tan chévere, ¿por qué éste votó por Chávez?” Ya lo dije: no éramos un país destruido, teníamos cosas muy buenas, pero había pobres y corruptos.

IV

Mi madre está jubilada, ya lo dije. Y le mando mensualmente dinero, porque con lo que gana sería imposible que pudiese comer. Tiene 79 años y toda la vida le gustó la leche, en particular la leche en polvo. No puedo mandarle. Y me da una impotencia enorme saber que durante sus últimos años siente que haberlo dado todo por este país no fue suficiente.

Vivo en una Venezuela donde quien va a un hospital público o estudia en un colegio público lo hace porque no tiene opción: porque es pobre.

Ya dos adolescentes enamorados no podrían vivir alquilados si ambos ganan sueldo mínimo. Y el hijo de un campesino jamás podrá llegar a ser profesor de Física en una universidad. Y si muere un poeta que se oponga al Presidente de la República, no será reconocido por el Gobierno. El mismo Gobierno que, a falta de obras contundentes, presenta al Sistema Nacional de Orquestas como si fuera un invento de ellos.

Ni siquiera yo, que soy negociante, podría hoy comprarme una casa propia. Mucho menos quien decide ser profesor universitario.

Vivo en una Venezuela en la que hoy domingo, día en que escribo esto desde las entrañas, venía en mi bicicleta luego de rodar muchos kilómetros y decidí descansar en la sombrita del puesto de la policía de tránsito en la entrada a la vía hacia el aeropuerto de la isla de Margarita, para agarrar aire y seguir. Y ahí tenían parado a un camionero andino y recordé a la familia de Misael. El señor decía: “Tengo tres días intentado montarme en el ferry (que ahora es del gobierno) y ahora usted me pide plata”. Tenía los ojos aguados, lo juro, mientras decía “Ya la mitad de las zanahorias se me pudrieron” y el policía ni siquiera lo miraba. Ya tampoco hay carreteras para que un campesino andino pueda vender su siembra por todo el país.

Voté por Chávez en 1998 porque sentí que los que hasta ese momento habían gobernado seguirían haciendo las cosas igual. Voté por él porque era el diferente. Pero ya el chavismo demostró que tenemos la misma desigualdad, los mismos corruptos y, además, todo aquello que servía ha sido destruido.

Yo no voto por la MUD porque dejé de ser de izquierda. Votaré por la MUD porque sigo siendo de izquierda. Y porque, además, sé que si voto por el chavismo todo esto seguirá igual

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